“…te pido que me cures esta herida,
yo sé muy bien que no es tu obligación,
tan sólo si amortiguas mi caída serás mi salvación…”
Un lejano recuerdo
El recuerdo es lejano y corresponde a mis primeros años de infancia. La década de los 90 recién había llegado y aquel sábado acompañé a uno de mis tíos y a su familia a un centro comercial ubicado en Ciudad Satélite.
Claro, en ese entonces no sabía que andaba por aquellas lejanas y conurbadas tierras, aunque el camino para llegar se me hizo eterno. Nuestro destino se encontraba en la parte alta del vecindario. Como llegamos cuando caía el sol esto facilitó más que aquel encuentro se me quedara muy grabado pues el paisaje desde ese punto me pareció algo increíble.
Ahí, en esa cima se encontraba una imponente construcción que buscaba replicar el estilo griego. Para acceder a ella subimos por una gran escalera que nos llevó hasta la entrada. El interior ese centro comercial en realidad parecía un bazar estilo ochentero y de los pocos locales que me vienen a la mente estaba con ropa de los Looney Tunes (donde me compraron una playera del Pato Lucas ataviado como jugador urbano de basquetbol), varios establecimientos dedicados a la venta de tarjetas gringas coleccionables marca Upper Deck y una tienda Harley-Davidson donde mi tío adquirió una cartera.
Para un niño ir a un centro comercial resulta poco interesante, por ello mi atención ese día no recayó en los jóvenes que entraban con sus patinetas, en las bebidas Icee que vendían o en las “maquinitas”, sino en la zona central de la plaza en cuyo techo había un domo que formaba una imponente estrella. Aquello me pareció extraordinario, como un sitio sacado como de otro mundo. No sé si fui el único que quedó impresionado con aquella visión, pues parecía que todos pasaban de largo sin ver lo maravilloso del entorno.
¿Habrá sido que a mi entonces corta edad cualquier cosa me parecía extraordinaria?
Estuvimos ahí un par de horas y luego nos fuimos. Esa fue la primera y única vez que estuve en Acrópolis, hasta que regresé casi 24 años después.
La parte más alta de la ciudad
Proveniente del griego, la palabra Acrópolis se deriva de akros, y polis, que respectivamente significa ‘cima’ y ‘ciudad’. Por lo tanto, esta palabra es empleada para referirse a la parte más alta de alguna ciudad, sobre todo cuando hablamos de los antiguos asentamientos griegos o romanos. En este caso, la acrópolis más famosa es el Partenón de Atenas.
Lo anterior es suficiente para entender que a principios de los noventa este concepto fue adaptado como eje primario de un centro comercial por el rumbo de Lomas Verdes. Nombrarlo Acrópolis fue un paso casi natural al estar ubicado en una zona elevada con vista privilegiada y tener varias referencias a la arquitectura griega clásica en su construcción.
Contaba con cuatro accesos principales que confluían en el centro, donde el domo del techo permitía que los rayos del sol en su cenit formaran una estrella en el piso.
El día de su apertura tocaron algunas bandas famosas como La Cuca. Durante los primeros meses este centro comercial fue el refugio de los jóvenes de los alrededores. Por eso, los locales que la conformaban comenzaron a especializarse en perforaciones, tatuajes, helados, discos y ropa.
Aunque Acrópolis nunca fue un centro comercial de gran alcance sí logró subsistir durante un par de años. Después, al igual que ocurrió con las grandes metrópolis griegas, a este centro comercial le llegó su ocaso.
Quiero ver
Sin saber exactamente por qué, el recuerdo de esa primera visita a Acrópolis ocasionalmente me venía a la mente. Fui creciendo y la idea de regresar a ese centro comercial me parecía tentadora. El problema era que el tío que aquella vez me llevó no vive en la ciudad y cuando lo veía nunca me acordaba de preguntarle sobre alguna referencia de ese sitio, del que para colmo no sabía ni siquiera el nombre. De esta forma me resigné a dejar aquel recuerdo enterrado en el pasado.
Hace un par de años me topé con el video Quiero ver de Café Tacvba. Aunque la canción fue lanzada en el 2007 por algún motivo no lo había visto. Al hacerlo me llevé una gran sorpresa pues al inicio de la historia -y luego más adelante- se muestra la fachada de un sitio abandonado y en ruinas con forma de construcción griega. A pesar del deterioro la identifiqué de inmediato.
Absorto vi que en el video se mostraban pasillos grafiteados que desembocaban en un espacio más amplio e iluminado. Y ahí estaba, la estrella que enmarcaba el techo de esa construcción, solamente que ahora en un estado de semi destrucción que la hacía más seductora. Fueron sólo unos segundos, pero sin duda bastaron para traer de vuelta mi fascinación por aquel lejano rincón de mi memoria:
Después de ver ese video, y ya con internet de mi lado, fue cuestión de segundos para dar el nombre de aquel centro comercial que en cuestión de años se convirtió, al igual que su homónimo griego, en un montón de bellas ruinas.
El trágico 1994
¿Qué fue lo que llevó a la desaparición de Acrópolis? Por más que he buscado información no hay una fuente que de forma fidedigna de una explicación sobre qué hizo desaparecer a este centro comercial abruptamente. Tenemos, en cambio, varios rumores, teorías, o indicios sobre lo ocurrido.
Por ejemplo, se dice que esta enorme mole en realidad fue construida para lavar dinero, y que nunca le importó a sus dueños, quienes dejaron que muriera lentamente. Otros no quieren caer en teorías de la conspiración y señalan que simplemente se vino abajo porque su formato de bazar no podía competir contra los otros centros comerciales que comenzaron a surgir en la zona.
Y claro, no podemos dejar de lado la devaluación de 1994 cuya crisis económica terminó por alcanzar tanto a los locatarios como a los dueños de Acrópolis.
De esta forma este espacio llegó como se fue, en medio de un total silencio y sin reflector alguno.
El bazar de autos
Cuando me enteré de la ubicación de Acrópolis no fui en su búsqueda de inmediato, de hecho, por un largo tiempo pospuse el encuentro. Finalmente, y usando como pretexto esta sección, salí una mañana de entre semana con rumbo a Ciudad Satélite.
Un día antes chequé las rutas para llegar y descubrí que tanto en Waze como en Google Maps este complejo aparece con el nombre de Tianguis de Autos Acrópolis. Y es que tras años de estar en el abandono, parte de aquel terreno fue reutilizado como un espacio para la compra-venta de vehículos.
Llegar no es tan difícil cómo parece (aunque sí está lejos). Se debe tomar Periférico Sur hasta su cruce con Avenidas Lomas Verdes. De ahí se sigue un camino recto hasta que a lo lejos, en lo alto de una elevación, se divisa Acrópolis. Confieso que me invadió una extraña emoción cuando vi ese viejo elefante blanco al que llevaba tanto tiempo persiguiendo.
Llegué y fácilmente encontré lugar en el que supongo era el estacionamiento del Centro Comercial.
A diferencia de mi anterior visita, el paisaje que podía ver desde ese punto elevado había cambiado: Ahora habían más casas y comercios, mientras que más de dos décadas atrás todo estaba casi deshabitado.
Giré la cabeza y ante mí estaba una de las fachadas de Acrópolis, la cual simplemente me dejó sin habla. Aquella construcción dentro de su aparente abandono resultaba cautivante.
Lo siguiente fue buscar por dónde entrar, ya que las dos entradas principales se encontraban clausuradas por tablas y pedazos de lamina, una de ellas incluso estaba enrejada. Según había leído en diversas notas sobre Acrópolis, el ingreso a este sitio era de lo más sencillo, por ello intuyo que no hace mucho bloquearon estos accesos.
Un poco decepcionado le di la vuela a la manzana y comprobé que todo Acrópolis estaba enrejado o simplemente restringido.
La única entrada no clausurada estaba dentro del tianguis de autos, que aquella mañana se encontraba semi desértico (supongo que registra una mayor afluencia los fines de semana).
Muy en mi papel de persona que ha estado ahí infinidad de veces entré y vi que cerca del acceso a las ruinas del centro comercial había un policía dando un rondín acompañado de un gigantesco perro San Bernardo. Algo me dijo que no era el momento ideal para intentar el ingreso y mejor me puse a recorrer el resto del mercado de autos, que como ya dije, no ofrecía gran cosa.
15 minutos después me aproximé nuevamente al acceso a Acrópolis y noté que el camino ya estaba despejado. Cuando iba para allá escuché que a lo lejos alguien me gritó “¿A dónde vas?”
Fingiendo una total seguridad me acerqué a los dos hombres que me miraban. Uno de ellos me preguntó qué estaba buscando.
– Vengo a tomar fotos para una tarea, soy estudiante.
-¿Y quién te dio permiso?
– Nadie, ando buscando que alguien me de informes sobre qué necesito para entrar, sólo son unas cuantas fotos, no me tardo más de 10 minutos.
El semblante de aquellos hombres se relajó y uno de ellos me dijo:
– Mira, no eres el primero que viene, muchos muchachos y muchachas llegan y toman fotos. Por mi puedes ir, el problema es si el policía te llega a ver. A varios les ha pedido dinero o sus celulares a cambio de no hablarle a la patrulla. Si quieres ir, adelante, pero cuidado con el poli. Si te ve dile que ibas al baño -que está bajando las escaleras a la izquierda, enfrente de la entrada al Centro Comercial- y que te perdiste.
Mentiría si dijera que aquello de ser descubierto por el policía no me inquietaba, pero también tenía claro que quizá estaba ante mi única oportunidad de entrar. Le di las gracias a aquellos hombres, y cuidando que nadie me viera me colé en el interior de Acrópolis.
Cuando el sol alcanzó su cenit
Es extraño estar en Acrópolis. Desde que uno pone un pie dentro el silencio se vuelve aún más denso y ante nosotros ojos se presenta todo un festín visual. Hacía donde veía me topaba con pintas en las paredes, objetos abandonados, dibujos, manchas de una competencia de gotcha que ahí se realizó hace varios años y escenarios dignos de una gran sesión fotográfica, cortesía de los rayos de luz que se colaban desde el techo.
Sus pasillos resultaron una invitación a recorrerlos sin importar que la adrenalina por encontrarme en un lugar donde no debería estar se manifestaba en cada uno de mis latidos. Contrario a lo que podría pensarse, en estas ruinas no me encontré con ratas, cucarachas u otro tipo de animales que resultan comunes en las construcciones abandonadas.
Entonces llegué al punto medular, el gran domo en forma de estrella. Casualmente estaba cerca el medio día, así que en el piso podía ver parte de esa figura que se proyecta. Fue ahí, en medio de esa enormidad, donde me convencí de que había valido la pena esperar tantos años, la distancia recorrida y el riesgo de entrar en una propiedad privada sin permiso, con tal de apreciar ese espectáculo caprichoso.
No importa el punto en el que me ubicara, el centro de Acrópolis es irreal a los sentidos. Ese juego de confrontar al pasado con el presente en un mismo espacio a veces brinda resultados increíbles.
Lamentablemente la emblemática escalera que estaba en este espacio concéntrico ya no está (probablemente se vino abajo). Aún así subí al primer piso usando otras escaleras que se encuentran en el extremo de uno de los pasillos. Arriba me topé con más locales abandonados y con otros pasillos que todo el tiempo invitan a ser capturados en fotos.
Y ni que decir de la perspectiva que se obtenía desde allá arriba:
Mientras realizaba el recorrido constantemente escuchaba ruidos que nervioso me hacían detenerme. Al poner más atención me daba cuenta que aquellos sonidos venían de los materiales del techo que constantemente truenan y suenan similar a unos pasos.
Como era de esperarse no cumplí mi promesa. Los 10 minutos que había prometido iba a estar en Acrópolis se prolongaron el doble de tiempo.
Cuando salí busqué a la persona que me había dado el visto bueno para entrar pero no la encontré. Salí del tianguis de autos y le di un último vistazo a Lomas Verdes desde las alturas. Acrópolis sigue resaltando de entre todas esas calles y avenidas estilo suburbio gringo e incluso del centro comercial La Cúspide que se encuentra a unos cuantos metros.
Seguía sintiéndome un viajero en el tiempo, aunque ahora no sabía bien en qué época me encontraba.
* * * * *
Por @gabrielrevelo
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